Para los antiguos griegos y romanos, el infierno (Hades) era un lugar físico que se encontraba comunicado con el mundo de los vivos y al que, por tanto, se podía acceder a través de una puerta. Tan esperpéntico lugar se situaba cerca de la ciudad turca de Hierápolis, una zona geológicamente muy activa y famosa por sus aguas termales, y durante muchos años encontrar su entrada ha sido el objetivo de muchos arqueólogos.

Según los documentos históricos, esta entrada al Averno estaba rodeada de vapores letales, de forma que cualquier animal que pasara a su interior encontraba una muerte instantánea, tal y como escribió el geógrafo griego Estrabón en el siglo I a.C.

Según han publicado en la revista Science. Allí hay un templo que desciende hasta una gruta en la que los animales eran sacrificados sin intervención de la mano del hombre. Y es que, junto a las ruinas del Plutonium, el templo a Plutón, dios romano del inframundo, todavía hoy defallecen los pájaros que se aventuran a volar por las inmediaciones. La explicación que ha dado la publicación es que hay una gruta de la que emana dióxido de carbono volcánico en concentraciones mortales.

Antiguamente, en la época romana, los religiosos utilizaban esas emanaciones para sacrificar animales, pues caían muertos “milagrosamente”, sin intervención humana alguna. Los fieles se sentaban en las gradas para contemplar dicho espectáculo. Acercaban a toros sanos y los conducían hasta la boca de una gruta puesta en el interior de una estructura rectangular del templo. Morían rápidamente pero los sacerdotes que los acompañaban no sufrían daño alguno. En la época se creía que el motivo era porque los religiosos estaban castrados. Hoy sabemos que no es así.

Arqueólogos y vulcanólogos de la Universidad alemana de Duisburg-Essen han dado con una posible respuesta a esta pregunta tras un nuevo estudio. Durante el día, el sol disuelve la neblina, pero durante la noche el gas queda concentrado en el rectángulo y, cuando llega el amanecer, la concentración se vuelve mortal. A medio metro del suelo su concentración es del 35%, suficiente para asfixiar a cualquier ser vivo. Pero esa concentración disminuye intensamente al aumentar la altura. Así que los sacerdotes que conducían a los toros respiraban prácticamente aire puro, mientras los bóvidos iban ahogándose en cuanto pisaban el recinto.

Por ello era en plena aurora cuando tenían lugar estos rituales. El aliento del Can Cerbero, guardián de la puerta del infierno solo afectaba a los animales que respiraban cerca del suelo. Los sacerdotes, sin embargo, no llegaban nunca a caer en el ámbito mortal del templo.

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